El autor

Hace 35 años dejé México y decidí mudarme a Israel.
Tenía 20 años de edad y vivía en Veracruz. Recuerdo que, cuando mis amigos se enteraron de mi partida, me llamaron traidor por el simple hecho de haber decidido irme del país.
Les pregunté si también me habrían llamado traidor si, en vez de haberme cambiado de país, me hubiera cambiado únicamente de ciudad dentro de México.
Contestaron que no. Entonces les dije que la diferencia entre ellos y yo era que ellos comparten su amor sólo hasta los límites de su país, mientras que yo, en cambio, considero que todos los países son parte de la hermosa familia llamada mundo y que mi amor alcanza a todos.
Desde niño lo entendí. Siempre escuché mi intuición y me decía que yo había nacido para intentar evitar la guerra y los conflictos mundiales.
Desde ese momento, he intentado hacer lo máximo para ayudar a los demás y trabajar por la paz.
Fue por ello que en mi juventud fui en búsqueda de la verdad, como un nómada, entre todas las religiones e ideologías en la tierra. Al final encontré el judaísmo y, con sus argumentos, entendí que era la verdadera y la única solución para ayudar al mundo.
Definí que tenía que hacer tres cosas para lograr mi objetivo: ir al origen de todo, la Tierra Santa de Israel; estudiar el idioma original de las escrituras hebreas (la Torá es el Pentateuco); y, por último, tratar de reparar mis defectos y refinar mi carácter para ser un buen ejemplo.
Sólo así podría intentar ofrecerle una solución al mundo. Antes de querer solucionar un problema, debemos saber cuál es la esencia del mismo. Por eso me pregunto: ¿por qué los países invierten millones de dólares en armamento bélico? Según dicen, lo hacen para defenderse pero, ¿a qué se refieren exactamente los gobiernos al decir “para defenderse”? Las respuestas incluyen la defensa de sus ideales, de sus ideologías políticas y de sus intereses particulares.
Por lo que me pregunto de nuevo, ¿no sería más efectivo y económico reunir a todos los gobernantes del mundo para que se sentasen juntos y tratasen de hacer una sola ley o constitución internacional? Y que, en vez de llamarse países, fueran todos parte de un mismo “país” llamado Mundo.
Creo que no existe nadie que esté de acuerdo con formar una familia en la cual se aceptara de antemano que un hijo fuese terrorista, otro hermano indiferente y los demás hermanos tuvieran, cada uno, una religión o ideología distinta, que además pretendiesen imponérselas a los demás. ¿Sería posible que alguien aceptara —en el nombre de la democracia— que todos vivieran en una misma casa? ¿Sería saludable vivir en una familia así? ¿Alguien lo aceptaría?Seguramente no. Hay que entender que la humanidad es una sola familia, que debería tener una sola ley para gobernar a todos.
Por eso decidí escribir este libro, para dar a conocer la única ley que puede funcionar en esta realidad. Esa ley es la Torá, la Biblia hebrea que nos dio el propio Creador del Universo, puesto que sólo el que creó todo puede delinear a la perfección los valores que rigen esa creación.
Sólo el Creador puede determinar la ley universal que puede estar en vigencia, así como los miles de detalles necesarios para que esa ley o esos valores puedan aplicarse.
Me gustaría aclarar que no todos tendríamos que ser iguales, ni tendríamos que perder nuestro libre albedrío por tener una misma ley.
Al contrario,viviríamos siendo relativamente diferentes, pero dentro de un camino correcto y absoluto que garantizaría la convivencia en paz.
Así pues, escribo estas páginas para mostrarle al lector cuál es ese camino correcto, para saber cómo actuar y decidir ante las situaciones difíciles y los retos de la vida, ya que el principal desafío es la ignorancia y el enemigo más grande a vencer son los dogmas y paradigmas falsos que paralizan nuestra alma directa o indirectamente.
En principio todos tenemos buenas intenciones; sin embargo,por más buenas que sean esas intenciones, si van en dirección opuesta al propósito de la vida, estaríamos cometiendo pecados o fallas que, al final, son la causa por la cual estamos en la antesala de una tercera guerra mundial. ¡Sería muy triste permitir que esto sucediera! Hay suficientes (miles) bombas atómicas almacenadas que pueden destruir el planeta.
Amén le digo al optimismo para abrazar la esperanza de que podamos vivir en paz.
Rezo con el corazón lleno de agradecimiento al Creador del Universo para que este libro sea aceptado por todos y para que las familias de los distintos pueblos, en uso de del libre albedrío demostremos que no necesitamos la destrucción para enmendar nuestros caminos y valorar lo bueno que Dios nos da constantemente.
Con respeto y humildad deseo que el argumento del pueblo de Israel pueda ser escuchado en los corazones de todos. Es la única posibilidad real para traer la paz

YEHUDA PERETZ